México ha tenido formas impuestas, siempre interrumpidas sin llegar a sedimentarse, a formarse roca y construir a partir de esos cimientos. Muchas formas, sí, pero nunca la suya, la de su gente.
Hemos aprendido más de la identidad nacional comiendo una tortilla salida del comal con un poco de sal o queso fresco que en los libros de texto de la SEP, porque la cultura está viva, huele, quema, sana y se comparte; eso somos y eso protegemos.
El resultado de este desencuentro es una nación que se ha enunciado más rápido de lo que se sostiene. ¿Puede un país recuperar la capacidad de emerger en forma propia?
Intentaremos así abrir el espacio para que pueda formularse la hondura que merece. Para eso hay que retroceder y mostrar cómo se simuló, cómo se desgarró el cuerpo, cómo fue que la tierra dejó de ser madre para convertirse en viuda.
A través de la obra de los artistas contemporáneos aquí presentes, podremos conocer cómo es que el humano, mediante el uso de su cuerpo como herramienta y la materia como guía, justifica su existencia.
Después de eso, quizá, la pregunta ya no sea la misma y eso bastará.
— César Escudero







